La Habana de Hemingway

La mayoría de los escritores suelen buscar un sitio tranquilo para escribir, algún lugar remoto o recluido donde puedan concentrarse en su obra. Otros escritores, sin embargo, necesitan el ajetreo ambiental, la acción y el entretenimiento diario para sacar lo mejor de su pluma. Ernest Hemingway era de estos últimos. En París era una fiesta retrataba la movida vitalidad de las diversiones parisinas y de los sanfermines pamplonicos, y el libro no era más que la novelización de sus propias vivencias. A Hemingway le iba la marcha, y por ello, cuando llegó a Cuba en 1928, se sintió atraído inmediatamente por el ritmo de la isla. Su vinculación con el país caribeño duró más de treinta años y él mismo llegó a declararse en una ocasión como “un cubano sato”.

Sus primeros años los pasó en temporadas más o menos largas en el Hotel Ambos Mundos, en la esquina entre calle Mercaderes y calle Obispo. Se trata de un hotel céntrico, lujoso, y con habitaciones altas que dan sobre los tejados de las casas del barrio viejo de la Habana. El hotel sigue siendo uno de los que tiene más clientela de la ciudad, como en la época de Hemingway, pero hay una habitación en la que ningún cliente puede hospedarse: la 511. Ésta era la habitación de Hemingway, y actualmente es un museo dedicado al autor. Una cama, un escritorio, un cajonero y mucha luz entrando por los grandes ventanales era todo lo que necesitaba el escritor para poder trabajar. Hoy, colgado de las paredes o en pequeñas vitrinas, hay algunos objetos personales: un busto de Hemingway barbudo, una de sus máquinas de escribir, unas gafas y varios recortes de periódico y fotografías en blanco y negro que recuerdan el paso del escritor por la habitación.

Apenas a 350 metros del hotel, en la calle Empedrado, encontraremos uno de los locales más famosos de La Habana: La Bodeguita del Medio. Pequeño, siempre lleno de curiosos y comensales y con las paredes repletas de garabatos y firmas de sus visitantes y fotografías de famosos (como el mismo Hemingway, Errol Flynn, Salvador Allende, Pablo Neruda…), la Bodeguita es el lugar donde tomarse un mojito, como hacía Hemingway cada tarde después de trabajar en sus novelas.

«My mojito in La Bodeguita, my daiquiri in El Floridita», escribió Hemingway. El lugar donde prefería tomarse su daiquiri, pues, era El Floridita, un local que abrió sus puertas por primera vez en 1817 con el nombre de La Piña de Plata. Poco después pasaría a llamarse La Florida, y ya un tiempo después, Floridita, que es el nombre con el que Hemingway lo hizo famoso. Se encuentra al final de la calle Obispo y es un lugar más elegante que La Bodeguita, con una larga barra con ángulo en cuyo extremo encontraremos una estatua de Hemingway en tamaño natural acodado en su rincón favorito, como si esperara darnos conversación con una copa de daiquiri en la mano, un Papa Doble, como lo pedía él siempre de acuerdo a la receta del cóctel que ayudó a inventar. Dicen que cada día los camareros le sirven un daiquiri a la estatua de Hemingway. Y cada día, invariablemente, esa copa termina vacía.

A Hemingway le gustaba tanto Cuba que en 1939 decidió buscar casa en la isla y trasladarse a vivir ahí. Escogió Finca Vigía, una gran casa ajardinada en el barrio de San Francisco de Paula, en las afueras de la Habana. En ella viviría hasta 1960, cuando marcharía por un tiempo con la intención de volver, pero su suicidio en Ketchum, Idaho, al siguiente año, se lo impidió. Así, la casa se conservó tal y como la dejó su dueño en 1960. A través de sus ventanas y puertas abiertas podemos ver las salas con sus muebles, trofeos de caza de sus safaris por áfrica, una biblioteca de más de 9.000 libros, su escritorio aún con varios lápices (a pesar de que a él le gustaba escribir a máquina y de pie) y el baño en el que apuntaba su peso en la pared. Aquí se hospedaron amigos actores como Ava Gardner y Gary Cooper, el cual no cabía en las camas pequeñas de la casa y tuvo que dormir estirado en el sofá del salón.

En el jardín, la piscina donde le gustaba nadar está junto a un cobertizo en el que se guarda el Pilar, el yate que compró en 1934 y con el que salió a pescar marlines e incluso submarinos nazis. Su patrón fue Gregorio Fuentes, pescador de origen español que inspiró el personaje de El Viejo y el Mar, que le valió el Premio Nobel de Literatura en 1954. El Pilar estaba anclado en la cercana Cojímar. Como uno de los mejores homenajes póstumos, ahí los pescadores, a la muerte del escritor, fundieron sus anclas para crear un busto en su honor que instalaron en un pequeño altar bajo una glorieta en el frente marítimo, frente a las aguas entre Cuba y Florida que tanto amó.

 

Más información en www.jordicanal.com

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